DIOSES EN EL DESTIERRO – J.J. VAN DER LEEUW – PARTE 18

LA VIDA DEL EGO

Capítulo 3

Una de las cosas que más nos sorprenden al reconocernos como egos es que la vida en nuestro propio mundo supera y trasciende a la que llamamos vida en la tierra. Aun aquellos que reconocen que el yo inferior no es más que una temporánea manifestación del divino Yo interno, suelen incurrir en el error de considerar dicha temporánea manifestación como si fuese de suprema importancia y absorbente interés para el Yo divino. La realidad es muy diferente. El Yo, nuestro verdadero ser, tiene una vida
propia, en la cual, la subsidiaria actividad a que llamamos vida terrena, no tiene en modo alguno la importancia que le atribuimos. Cuando somos conscientes de nosotros mismos como egos, también lo somos de las actividades del ego. Muy difícil, si no imposible, es dar idea de estas actividades. En nuestra conciencia vigílica sólo conocemos las cosas del mundo físico, y estas cosas no tienen realidad para nosotros a menos que las describamos en términos peculiares del mundo físico.

En su propio mundo el ego está siempre activo en la gran obra de la Creación. En compañía de las huestes angélicas y otros seres superiores, el ego coopera en la obra de la creación del mundo, por la cual subsiste este universo. La obra de Dios es creación, y como el ego es divino, está ocupado en la misma divina actividad creadora. Únicamente el arte puede hablar de esta genuina obra del hombre divino; y por tanto, a los poetas y músicos hemos de recurrir si queremos comprender algo de nuestra labor como egos. Así en la tragedia de Esquilo, titulada Prometeo encadenado, vemos algo de la obra del ego, cuando el coro de Espíritus y Horas canta :

"Tejamos la tela de mística medida. De los abismos cerúleos y de los confines de la tierra, venid, diligentes espíritus de potencia y placer, y bailad la danza y música del júbilo, como aguas de millares de ríos que desembocan en un océano de esplendor y armonía."

Y más adelante canta jubilosamente el coro de Espíritus:

"Y nuestro canto construirá en el ilimitado campo del vacío, un mundo para que lo gobierne el Espíritu de Sabiduría. "

Canto, música, sonido; he aquí las palabras mejor apropiadas a la idea de la obra del ego
en su propio mundo; y sin embargo, no hay por supuesto en el mundo del ego nada de lo
que en la tierra llamamos sonido. Pero la obra en conjunto impresiona como una gran sinfonía cuyas notas y cuerdas son seres vivientes que entonan el himno de su propia naturaleza y crean por su poder. También podemos representar la obra del ego en su propio mundo como la textura de una tela de luz en la que los seres vivientes parecen puntos radiantes enlazados por líneas de luz. Pero nada puede dar idea ,de la inefable felicidad que llena el mundo del ego ni de la sensación de estar bañado en luz y en "incontemplada belleza". Dice el libro de Job que cuando fue creado el mundo "se regocijaron todos los hijos de Dios" y esta expresión recuerda algún tanto al ego, verdadero hijo de Dios, henchido de gozo en su propio mundo.

La obra en conjunto semeja un potente ritual, un ceremonioso himno de creación que mantiene los mundos, y lo que llamamos ritual aquí en la tierra es una sombra del verdadero y magno ritual que tan bien conocemos todos en nuestro propio y verdadero mundo. Por esto, los rituales de las grandes religiones del mundo y el de la masonería, nos recuerdan el mundo a que pertenecemos. En dichos rituales oímos débiles ecos y fragmentarias melodías del canto que siempre estamos entonando en el mundo del ego.

 

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