DIOSES EN EL DESTIERRO – J. J. VAN DER LEEUW – Parte 11

MUDANZA DEL CUERPO FÍSICO

Capítulo 2

Todo cambia cuando vencemos la ilusión de que somos el cuerpo físico y lo vemos tal cual es, como nuestro siervo o instrumento en el mundo físico. Debemos invertir, por decirlo así, la polaridad de la relación, y en vez de que el mundo físico nos domine por medio del cuerpo físico con el cual nos identificamos, debemos dominar el mundo físico por medio del subyugado cuerpo físico. El centro de gravedad debe trasladarse desde el cuerpo físico a nuestra conciencia; y por decirlo así, debemos experimentar que retraemos el centro de nuestra conciencia y tras ella nos colocamos para actuar por medio del cuerpo físico, pero sin identificarnos con él. Muy profundo es este cambio de actividad hacia el cuerpo físico. Como las limaduras de hierro se agrupan alrededor de un centro común bajo la acción del imán y se distribuyen por las líneas de fuerza del campo magnético así formado, de análoga suerte las partículas de los cuerpos denso y etéreo, en vez de estar caótica e indefinidamente sujetas a toda eventual influencia del exterior, han de estar sometidas a la única influencia dominante de la voluntad. Debemos experimentar que así sucede, debemos advertir la mudanza suscitada por nuestra afirmación de que no somos, el cuerpo físico sino que el cuerpo físico es nuestro servidor. Debemos experimentar que desde entonces en adelante, los cuerpos denso y etéreo han de estar nutridos y dinamizados por la energía dimanante del interior más bien que por la vitalidad externa.

Es preciso experimentar y sentir prácticamente esta mudanza, más bien que pensar y discutir sobre ella. Debemos experimentar que nuestro cuerpo físico responde vibrantemente a las excitaciones de la conciencia interior y que se sujeta a sus leyes, y condiciones y no a las del mundo físico circundante.

Hemos de mantener esta actitud en todo cuanto hagamos en la vida diaria. Debemos experimentar de continuo que actuamos conscientemente por medio del cuerpo físico, pero que éste no actúa a su antojo. Por lo tanto, debemos someterlo a regulares hábitos en el alimento, el sueño y el ejercicio, de modo que sea un perfecto instrumento. Si no disciplinamos los músculos de nuestro cuerpo por medio del diario ejercicio físico, no esperemos que sea elástico y responsivo, pues de la salud física depende mucho más de lo que reconoce la práctica.

También debemos regular el sustento, a fin de que el cuerpo físico pueda estar siempre alerta y responder oportunamente. En vez de comer cualquier cosa y de cualquier manera, debemos ingerir tan sólo aquellos manjares que lo hagan un instrumento más neto, vigoroso y delicado para nuestro uso. Y durante la comida hemos de reconocer que estamos reparando y reconstruyendo desde el interior el cuerpo físico.

También esto lo hemos de experimentar prácticamente ,en vez de satisfacernos con saberlo teóricamente.

Debemos tener la convicción de que comemos conscientemente y que mientras tomamos un bocado lo asimilamos espiritualmente a la contextura del cuerpo. Los cristianos que reconocen el valor de los sacramentos instituídos por Cristo, comprenden el significado de la Eucaristía o Comunión, y también saben de qué modo se consumen los consagrados elementos. De la misma manera debemos tomar toda clase de manjares, porque toda la materia está consagrada por la presencia de Cristo cuya vida está en todas las cosas, aunque en la hostia consagrada y en el vino se manifiesta plenamente su Presencia.

De los mismos y de otros muchos modos podemos contribuir a la mudanza de los cuerpos denso y etéreo, tal como los filósofos herméticos los conocían, para regenerar el cuerpo y hacerlo perfecto instrumento del Yo interno. Es una verdadera transmutación, y una vez cumplida quebrantado queda para siempre el dominio del cuerpo físico sobre nuestra conciencia, y lo convierte en bien templado instrumento para nuestro uso. 

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